“ Y partiré a la mar, buscando que hacer en la tierra...

Como las plantas nacemos y crecemos, nos vamos transformando para convertirnos en aquello para lo que hemos nacido hasta el día que muramos y retornemos al fondo del que hemos emergido durante un instante del tiempo de la Vida.

Sin embargo hay algo que nos diferencia de las plantas y de los animales. Ese algo es la conciencia de ser. Esta conciencia es la que nos permite saber de nuestra existencia, y a su vez, nos hace conscientes de nuestra finitud. La muerte. Sin esta conciencia viviríamos en estado de infinitud en el que no habría preocupación alguna por lo que se hace, se dice o se siente. Solo seríamos, como lo son los animales. Sin embargo, conscientes frente a la muerte, la enfermedad y el sufrimiento la vida se convierte en algo más que una simple existencia. Se convierte en una dolorosa y gozosa realidad. Desde que nacemos hasta que morimos tenemos la capacidad de ser conscientes de lo que somos. Perdemos la inocencia de los animales y nos convertimos en seres responsables de nuestros actos. Seres libres de actuar.

La libertad de elegir frente a ciertos impulsos biológicos. La libertad de elegir entre deseos y apetencias, necesidades y deberes. La libertad de crearnos, de inventarnos, de imaginarnos, de fantasearnos… y en esta inmensidad de potencialidades nos encontramos con el peligro de perdernos.

Al nacer, nuestra capacidad de atención fluctúa y divaga entre un mar de estímulos fascinantes. A medida que maduramos, nuestros sentidos se van desarrollando, nuestra percepción se agudiza y nuestra capacidad de dirigir nuestro foco de atención se vuelve más firme y precisa. Durante este desarrollo dependemos, para mantenernos vivos, de otras personas cuyas capacidades están más desarrolladas que las nuestras. Son estás personas quienes nos van a enseñar donde poner nuestro foco de atención. Así, tomaremos conciencia sobre los asuntos que nuestra atención enfoca y les daremos un valor en nuestra vida.

Nuestra cultura actual está orientada a que de muy niños aprendamos a conseguir las metas y objetivos que desde fuera se nos proponen, o imponen. Haciéndonos creer que al conseguirlos estaremos bien, tranquilos, felices, a gusto con uno mismo. Nos ayudan a trabajar para esto, desarrollando nuestra atención y disciplina en asuntos que poco o nada se relacionan con nuestros intereses naturales y personales. “...el hombre moderno cree que sus acciones están motivadas por el interés personal, en realidad su vida se dedica a fines que no son suyos.” Erich Fromm p. 148. Haciéndonos creer también, que quien no desea alcanzar por estos medios y objetivos una vida plena y de calidad, es una persona rara, que algo le pasa o falla, flipada y en ocasiones estará si no incumpliendo la ley, sí en un espacio alejado de la misma. Pero esto no es más que una inducción a una meta ajena a nosotros. Una confusión entre lo que yo querría ser y lo que soy. En esta línea de trabajo encontramos múltiples teorías sobre la motivación orientadas generalmente al mundo laboral y de la producción (Teorias del incentivo, la Teoría de las espectativas de vromm, el Factor duál de Herzberg, Mcgreggor…).

Algunas personas manejan la creencia de que la motivación es una energía llena de ganas e ilusión, que nos hace trabajar duro sin esfuerzo. Incluso si nuestra motivación es intrínseca y está apoyada en la curiosidad, serán necesarias trabajar o la disciplina o la fuerza de voluntad. Algo que por otro lado, no se consigue de la noche a la mañana, sino manteniendo invariablemente un método con rigurosidad y pulcritud en los hábitos necesarios.

Las teorías de la motivación de orientación humanista apoyadas en la Teoría de las necesidades de Maslow hacen referencia de la búsqueda de la autorrealización. Esta búsqueda no se orienta tanto a la satisfacción de lograr lo que se busca sino a la propia búsqueda en sí. Esto es, lo que motiva no es tanto en qué trabajo sino en cómo trabajo.

La auténtica motivación interna es un movimiento que emerge de uno mismo, de las exigencias naturales, y descubrir cuales son representa el mayor escollo. Se trata de saber que es lo que nos mueve en esta vida, que es lo que nos pone, nos excita y da un sentido y significado a aquello que hacemos. Querer descubrir esto ya es una motivación intrínseca en sí, la curiosidad por conocerse. Esto requiere de un trabajo que aunque apasionante precisa de compromiso, conciencia y responsabilidad. Y en su defecto, la suficiente desesperación generada por la ausencia de motivación que nos coloca en un lugar vacío, triste e insignificante, con la sensación de la falta de algo indeterminado, que se convierta en lo suficientemente insoportable como para generar cierta determinación de hacer algo a pesar de la falta de ganas.

Así la realidad es que la autentica motivación no se apoya en seguir a otros, copiar a otros, imitar a otros o hacer lo normal. La motivación requiere un profundo conocimiento de uno mismo. Mientras no conozcamos en profundidad eso que somos, no podremos alcanzar verdaderamente esa sensación de autenticidad y libertad. Hablamos de descubrir la motivación personal por consiguiente es en mi persona donde necesito buscar. Pues nuestro rumbo está marcado desde nuestros orígenes. Hemos nacido para crecer y ser aquello que somos. Y como las plantas necesitamos de múltiples factores que nos permiten ser aquello que podemos ser y cuando estos no se dan el proceso de crecimiento queda ralentizado, cuando no parado o enfermo y así quedamos maltrechos y malparados.