Retomando las palabras de un artículo anterior, la sexualidad es la expresión de la vida y la antítesis de la muerte; Es el contacto yo –tú donde la imagen se rompe y la humanidad de la que estamos hechos toma el control de la relación. Es en este momento en el que la muerte emerge cómo una dimensión que contiene la propia sexualidad y es inseparable de ella.

Desde los albores de la humanidad la muerte y el sexo nos han generado tanto miedo cómo fascinación. Sabemos de rituales ancestrales donde la fertilidad y la muerte han ido unidos de la mano. Fueron recogidos e íntimamente ligados en la literatura griega donde el amor y la guerra, el sexo y la muerte fueron el motor e hilo conductor de los dramas clásicos. En la actualidad se han recogido en un sinfín de películas y de manera magistral en “El imperio de los sentidos” de Oshama o “El cartero llama dos veces”. Han sido parte de la base del estudio y desarrollo de teorías del ser humano para Freud, Reich, Perls, Bataille, Sade, Simón de Beauvoire…

La sexualidad, nos suelta, nos libera, nos conecta con nuestro lado más espontáneo e impulsivo, nos ayuda a ir más allá de nuestros habituales patrones mentales, emocionales, corporales y espirituales de nuestra forma de vida cotidiana, de nosotros mismos. Nos expande y nos permite transformarnos. La sexualidad nos une a la muerte tanto al invitarnos a esta transformación que como parte intrínseca de cualquier proceso de cambio que se produce en una persona requiere de la muerte de lo antiguo, como cuando en ella se produce una eliminación de la actividad psíquica, de nuestra individualidad y nos fundimos con otra persona que también está perdiendo la suya, en nuestra búsqueda de conexión a un todo.

Decía Bataille que “para nosotros, que somos seres discontinuos, la muerte tiene el sentido de la continuidad, la muerte tiene el sentido de la continuidad del ser”. Belén Castellanos Rodríguez en su artículo El erotismo como fascinación ante la muerte según Georges Bataille dice que por una lado, el ser humano tiene un deseo angustioso de hacer durar su individualidad para siempre, pero al mismo tiempo, no sólo conoce la imposibilidad a la que, en este sentido, se enfrenta, sino que a este deseo le opone otro contrario: la búsqueda de la continuidad del Ser, es decir, de la conexión con el todo, para la cual habría que disolverse en él, es decir, morir.

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Where is who?

La Gestalt practica esta búsqueda no solo a través de la sexualidad, sino también a través del darse cuenta continuo en el aquí y ahora. Por un lado, busca la integración de cada parte que forma el individuo. Construyendo una individualidad firme e integrada, afirmada en el auto apoyo. Por otro lado, aunque la Gestalt reconoce la confluencia, esto es la perdida de límites entre uno mismo y el entorno, cómo un mecanismo neurótico, una indiferencia neurótica. También sabemos que a través de la práctica del darse cuenta continuo el control y la individualidad desaparecen. Francisco Peñarrubia recoge en el capítulo dedicado a la Gestalt transpersonal en su libro Terapia Gestalt; La vía del camino fértil las palabras de Walch y Vaughan que dicen que el término de psicología transpersonal alude, a las experiencias que afectan a la conciencia y a una extensión de la identidad que va más allá de la individualidad y de la personalidad. En este mismo capítulo hace referencia a las semejanzas de este coninuum atencional y la meditación vipassana. Dhiravansa en el libro Meditación Vipassana y Gestalt contesta sobre este particular de la confluencia describiéndolo como una experiencia significativa y deseable en la práctica de la meditación la cuestión de disolverse y fundirse con el todo unificado. Esta experiencia puede ser sostenida por uno, aunque sea de forma menos intensa, y es capaz de aplicarla a la vida cotidiana siempre y cuando se mantenga vivos la consciencia y el samandhi.

Así manteniendo una consciencia despierta sobre nuestra práctica sexual, de forma natural, trascendemos nuestra identidad y nuestro entorno. Muere nuestra mente racional , y en el desenfreno sexual con el abandono de sí mismo, con la idea de muerte o destrucción, con el sentimiento de descontrol, de locura y acercamiento a nuestro ser animal descubrimos que nuestra experiencia, nuestro conocimiento adquirido no nos permite retornar ese estado original, a ese punto de partida. “En la libertad está la impotencia de la libertad”. Sin embargo, nos ofrece una enérgica fuente para la transformación.